Lunes, 15 de marzo de 2010

"-Dígame, Lenoir, ¿ha pensado alguna vez seriamente en la primera noche de un muerto? No, ¿verdad? Cosa terrible.
Hizo una pausa, y al cabo agregó:
-Escúcheme, Lenoir, usted ha estado, sin estar, todo un día en su casa, en su habitación, tumbado en su propia cama, pero no reconoce ya ni su cama, ni su habitación, ni las ropas de su lecho, ni a los suyos que le rodean. Han llorado sobre usted hasta hartarse; pero usted ni lo ha sentido, y entonces, mientras gritan a pleno pulmón: «¡Pobrecito, qué bueno fue en vida!», están pensando: «Esto es un trasto inservible. Habrá que sacarlo de aquí antes de que huela mal.» E incluso van a pedir la venia de la autoridad para enterrarle a usted sin más demora. Eso, los que le quieren, Lenoir, los que le han asistido abnegadamente durante su enfermedad, pero que ahora, de súbito, al morir usted se sienten liberados, ansiosos de descanso, y dicen: «No tenía remedio; al fin y al cabo ha sido mejor así.» Y con gran prisa le ponen a usted una camiseta nueva y un calzoncillo limpio y una camisa almidonada, no sin que alguien advierta mezquinamente: «Mujer, esta ropa podrías arreglársela al chico.» Pero, al fin, le ponen el traje, y la corbata, y los zapatos de los domingos y usted se deja hacer, porque no le va ni le viene y es un garrote que se va estirando poco a poco y no se entera de nada.
Y la sesión empieza a prolongarse y usted empieza a molestar sin saber que molesta, ni importarle un ardite tanto preparativo. Bien, finalmente llega la hora del entierro: un coche negro, cuatro amigos con prisa y una mala corona. Poco, Lenoir; pero para usted no es poco ni mucho, porque ya es la nada y la soledad dentro de un cajón negro. Y usted no puede decir: «¡Ahí no! Por favor, no me metáis ahí. Por todo lo que me habéis querido no cerréis la tapa de ese cajón.» No puede decirlo, ni los demás saben interpretarlo y lo cierran a usted, lo quiera o no lo quiera, y lo bajan a hombros la escalera, y su amigo del café piensa: «Cómo pesa el condenado, parece de plomo», pero no lo dice y descansa cuando lo deposita a usted en el coche estufa. A seguido, parten hacia el camposanto, y los enterradores lo tienen todo dispuesto, porque ya están advertidos, y, en un dos por tres, le bajan a usted, le tapan con una losa y cierran los resquicios con cemento. Todos suspiran acongojados, pero todos dan media vuelta y le dejan a usted solito, pensando que por ese trago sólo pasan los robaperas.
Entonces empieza la función. Al poco tiempo se cierra el camposanto y se echa la noche encima. Y usted está allí solo bajo cuatro cipreses; y hace unas horas estaba entre los suyos, sobre sus ropas y su lecho, tomándose un caldo caliente para entonarse. Todo ha cambiado en brevísimo tiempo. Se levanta viento y sobre su cerebro horizontal empiezan a bambolearse los cipreses. Y usted está solo, es decir, tiene vecinos por todas partes, pero cada uno tiene su nada y su soledad. Están incomunicados, y la luna blanca sube por el cielo e ilumina su reducto. Usted, Lenoir, intuye el resplandor de la luna. Sólo lo intuye porque los pícaros enterradores se han preocupado bien de que no quede ni un mal resquicio de luz.
A unos metros de distancia, la ciudad bulle, y los que le querían y le cuidaban hace unas horas, están reunidos y dicen a sus amigos: «La cosa no tenía remedio; mejor ha sido así; él estaba sufriendo.» Y la soledad le envuelve a usted por todas partes y hay en torno un frío y un silencio y un agarrotamiento sobrecogedores y totales. Y el portero del camposanto está durmiendo a pierna suelta en la conserjería, y cerca tiene una estufa de leña que le caldea el ambiente y usted en su nada sintiendo únicamente la soledad del no ser, la angustia de la no participación en la vida, el horrible frío de la tumba. [...]
Luego, Lenoir, empieza el olvido total; su memoria va desapareciendo de la costra de la tierra. Es un proceso lento, pero constante. Hoy le recuerdan a usted un poco menos que ayer y un poco más que mañana. Es fatal e irremediable. Al fin, el olvido, la nada absoluta como el vacío de una campana neumática. No hay rastro suyo, ni memoria suya, Lenoir. Sólo una lápida con su nombre y sus fechas. Y uno cualquiera que pasa piensa: «¿Quién será este granuja? ¿A quién daría guerra este granuja? ¿Cuáles serían los problemas, los amores y la forma de este granuja?» Es lo que queda de usted: incógnita tras incógnita. Y usted quietecito, agarrotado en su traje de fiesta y con su corbata chillona, siendo cada día menos, cada minuto más nada... [...]
No es en sí mala la muerte, Lenoir. Bien mirada, la muerte es piadosa y pone fin a los quebrantos y a las angustias de uno. Por ese lado la muerte no es sólo compasiva, sino deseable. Y, al fin y al cabo, no significa nada trascendental si la memoria de uno siguiera participando de los afanes y preocupaciones del siglo. La verdadera tortura es morir ignorado, Lenoir; acabar uno como un Don Juan particular, sin más sentimiento que el de los que te rodean y tienen la obligación de quererte, ni otra constancia que la de la portera que te vio partir con los pies por delante. Son dos cosas distintas, Lenoir. Uno puede morir con la fama a cuestas y uno puede morir como un hijo de perra. Y si uno muere como un hijo de perra se terminó, Lenoir; se terminó tan pronto le echan la loseta sobre los huesos y le cierran las grietas con un poco de cemento. En ese caso ya puede decir uno: «Bien; a descansar.» Pero, ¿cree usted, Lenoir, que es posible dormir tranquilo en la consciencia de la nada sabiéndose menos que un triste gusano de la tierra? ¡Bueno! Las cosas son como son y el hombre está hecho para perpetuarse y sólo el hombre que alcanzó la celebridad tiene garantizado un poco de respiro en la tumba y sabe que los demás conocen su paradero, y que no está solo, y que todo es cuestión de esperar y que los vivos aman o aborrecen la memoria de ese muerto, pero le conocen y saben de él, y alivian su soledad con su recuerdo. De esa manera, Lenoir, créame usted, uno no está muerto del todo, ni es la nada absoluta, ni el olvido total, y, de este modo, la asfixia no llega a uno, porque uno o su memoria, que tanto da, está involucrado en las cosas de este mundo y en la lengua y el cerebro de los vivos y se conserva su personalidad en otros, en otras células vivas y otras vísceras vivas y otros miembros vivos. Y yo digo, Lenoir, que esa celebridad es como un pulmón para el muerto, algo que le hace inmortal y eternamente vigente."

Fragmento de El loco, de Miguel Delibes

Porque tú no ansiaste la fama y la celebridad como este loco, precisamente por eso, tú no has acabado como Lenoir. No estás "solo bajo cuatro cipreses", ni el olvido total caerá sobre tu memoria.
Porque los vivos aman la memoria de ese muerto. ¿Estás muerto, Miguel? No, no lo estás; no debe importarte que tus labios ya no pronuncien palabras como antes, porque tu pluma habló, habla y hablará por ti. Tú no estás muerto ni nunca lo estarás, porque para algunas personas la muerte no es una frontera.
Porque tú eres una de esas personas; como garantía de que lo que te digo es cierto, esto, humildemente (como tú ), va por ti. Y yo ya me callo, porque un genio del arte de la escritura (aunque sobre todo del arte de vivir) no puede tener mejor homenaje que sus propias palabras...

"...algo que le hace inmortal y eternamente vigente".

Hasta siempre, Miguel.


Tags: Miguel Delibes, Homenaje, Miguel A Martínez

Publicado por MiguelArmandoM @ 0:49  | Literatura
Comentarios (1)  | Enviar
Comentarios
Una emotiva despedida. Tu reflexi?n sobre su muerte y la cita sobre su libro me impulsan a leer m?s sobre Miguel Delibes.

Gracias Miguel por darme a conocer al escritor del que ya hab?a o?do y a la persona de la que nunca hab?a escuchado.

Edu.
Publicado por Eglador
S?bado, 08 de mayo de 2010 | 21:02