Lunes, 08 de febrero de 2010

 

Tuvieron la suerte de conocerlo, de tenerlo como amigo, como incondicional de encuentros, de viajes, de cenas y de su sabiduría. Ellos son sus herederos, los encargados de mantener vivo no sólo al poeta ―que se mantiene por sí solo con su obra― sino de revivir al ser humano, al niño maltratado por lo injusto nuestra guerra, al hijo roto en el dolor de notificar a su madre el fusilamiento de su hermano, al anciano temeroso con los doctores, al cliente del café que hacía sonreír a los camareros, al profesor universitario en Nuevo Méjico; en definitiva, al Ángel González cercano y cotidiano.

 

Ángel González sigue vivo, tal y como se pudo comprobar en su homenaje en el Centro Cultural José Saramago de Albacete el pasado martes 26  de enero de 2010. El público convocado apenas respiraba mientras Benjamín Prado y Luis García Montero, dos de los privilegiados amigos del poeta ovetense, relataban retazos de la vida compartida y recitaban como nadie versos propios y ajenos en honor a Ángel.

 

«La poesía de Ángel, un lugar de encuentro, es una poesía directa —apunta Benjamín Prado—, aparentemente sencilla y clara, pero llena de mensajes e historias. De ahí que su poesía no te gane por asaltos: te gana por k.o.»  

 

«Como amigo, Ángel siempre quería un ratito más, otra copa, otro poco de conversación, alargar los instantes para disfrutar más de la vida que, sin duda, no quería abandonar», apunta Prado con una emotiva sonrisa en los labios.

 

Prado evoca el momento que junto a Joaquín Sabina escribe la letra de una canción del último disco del cantautor jiennense, a modo de inventario de lo que era Ángel, elegante y humilde de discreto hasta para morirse: “Menos dos alas”. Emociona el silencio de la sala. La voz de Benjamín lo comparte con nosotros…

González era un ángel menos dos alas,
González era un santo por lo civil,
un dandi con un ojo a la funerala,
tan rojo tan Oviedo y tan zascandil.

Hilaba en los garitos de mala nota
boleros de Machín con Juanín de Mieres:
apurando esos güisquis en los que flota
la luna de las golfas y los crupieres.

Cuando volvía
del extranjero,
tan forastero;
a las dos no era de día,
a las seis ya era de noche,
pídame un coche
fumando espero
y le aplaudían
los camareros.

Otoños y otras luces, pan con verbena;
tan Príncipe de Gales de Cortefi el;
tratado de urbanismo, Juan de Mairena:
proustiana magdalena, tinta y papel.

Verde por la vergüenza que no tenía,
hasta ayudó a Caronte a quemar sus naves,
contaba que morirse no era tan grave
y agonizó en voz baja, por cortesía.

Cuando volvía
del extranjero,
tan forastero;
a las dos no era de día,
a las seis ya era de noche,
pídame un coche
fumando espero
y le aplaudían
los camareros.

Luis se dispone a deleitarnos con su visión del hombre que opinaba con la mirada. Lo consigue. Y para pasar a la última página en este recogido homenaje a González, Montero nos regala la sensibilidad de “Nocturno”, poema de su Rimado de ciudad (1981-1993). El aplauso que concluye el acto aún se escucha in memoriam. Un verdadero placer para el alma en este frío invierno de Albacete que nos une al calor de los versos inmortales de quien nunca ya podrá morir.

 

A Ángel González 


Aplauden los semáforos más libres de la noche,

mientras corren cien motos y los frenos del coche

trabajan sin enfado. Es la noche más plena.

Ninguna cosa viva merece su condena.

Corazones y lobos. De pronto se ilumina

en su sillín con prisas la línea femenina

de un muslo. Las aceras, sin discreción ninguna,

persiguen ese muslo más blanco que la luna.

Pasan mil diez parejas derechas a la cama

para pagar el plazo de la primera llama

y firmar en las sábanas los consorcios más bellos.

Ellas van apoyadas en los hombros de ellos.

Una federación de extraños personajes,

minifaldas de cuero, chaquetas con herrajes

y el hablador sonámbulo que va consigo mismo,

la sombra solitaria volviendo del abismo.

Luces almacenadas, que brotan de los bares,

como hiedras contratan las perpendiculares

fachadas de cristal. Hay letreros que guiñan,

altavoces histéricos y cuerpos que se apiñan.

El día es impensable, no tiene voz ni voto

mientras tiemble en la calle el faro de una moto,

la carcajada blanca, los besos, la melena

que el viento negro mueve, esparce y desordena.

Yo voy pensando en ti, buscando las palabras.

Llego a tu casa, llamo, te pido que me abras.

La ciudad de las cuatro tiene pasos de alcohólica

Desde el balcón la veo y como tú, bucólica

geometría perfecta, se desnuda conmigo.

Agradezco su vida, me acerco, te lo digo,

y abrazados seguimos cuando un alba rayada

se desploma en la espalda violeta de Granada.


Tags: Ángel González, Luis García Montero, Benjamín Prado

Publicado por LeoMacias @ 20:50  | Actualidad
Comentarios (3)  | Enviar
Comentarios
Qu? tarde noche m?s bonita...
Publicado por maria19mam
Lunes, 08 de febrero de 2010 | 23:29
(me he quedado a medio en el anterior)
Qu? suerte de poder tener amigos as?, que te recuerden con esa nostalgia tan alegre y ese recuerdo tan fresco...
Me encanta volver a recordar ese momento, escuchando a Luis y a Benjam?n recitando sus poemas y contando historias vividas por ellos pues, al fin y al cabo, fue resucitar a un hombre que sin conocerlo me maravill?.
Gracias por volver a hacerlo.
Publicado por maria19mam
Lunes, 08 de febrero de 2010 | 23:35
Me encanta, Leo. Aquella tarde llegu? ?dem, pero lo viv? con mucho entusiasmo. Sin embargo, s?lo t? pod?as reflejarlo de esta forma. Enhorabuena por este sincero art?culo.
Publicado por MiguelArmandoM
Mi?rcoles, 10 de febrero de 2010 | 17:34