Llorar por no tener ojos con los que llorar
Llorar por no tener
ojos con los que llorar.
Gritar por no tener
boca con la que gritar.
Mirar a lo lejos y ver
que ya no hay nada por lo que luchar.
Hablar al viento
por no tener con quien hablar.
Utópico movimiento
por no tener piernas con las que caminar.
Sentir abatimiento
por no haber ya nada que cambiar.
Sentir como la tristeza medra,
recordar que no puedes llorar.
Sentir enredada la hiedra,
recordar que no puedes caminar.
Lanzar con la mano la piedra
que a las ondas no hará tiritar.
Mirar en lo alto a la Luna
con los ojos vacíos
plateada en el cielo, reina en su cuna,
donde gobierna a su merced
a todos los astros fríos
que de Sol tienen sed.
Escribir con aquella pluma
que ya no puedes blandir
aquella triste poesía póstuma
que se te acaba de ocurrir.
Zambullirte en la bruma
y no volver a salir.
Vivir en aquel papel
plasmando vida,
pintar con aquel pincel
la mano asida
al delicado cordel
de la ya abatida.
Jardín de marchitas flores,
lugar plagado de ruinas,
y lo que antaño fueron colores,
ahora luces anodinas.
Sin recordar aquellos amores
declarados sobre aquellas colinas.
Un réquiem cantad
en el nocturno desierto,
hogar de la oscuridad
del poeta muerto.
Sólo él en su soledad,
sólo él con su destino incierto.
Pero más allá de lo marchito,
él sabe que aquel verso
garantiza que lo escrito
mereció la pena,
que aun siendo su vida acabada
todavía su voz suena…
Eduardo Oliver Rozalén
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