Esta composición se la dedico a mi razón. A la razón que tantas veces me dice que no me enamore, que puedo sufrir, que luego me costará recuperarme. A la razón que en tantas ocasiones lleva razón y que, aun siendo así, no escucho tantas veces como debería: va por ti.
La razón de la sinrazón
La razón de la razón
quedó perdida
cuando, alzando el corazón,
quedó mi alma tendida.
Llega el sueño
que convida
al olvido de su dueño.
Sueño pasional,
realidad irracional,
palabra confidencial,
tiempo primaveral.
¡Oh, alma perdida,
regresa al cuerpo
y serás bien recibida!
Se te echa en falta,
¡de menos!
Por motivo de tan alta
tormenta y de sus truenos.
No podré corresponderte,
darte alcance,
socorrerte.
Ven a quien alienta
en sus lamentos
a luchar contra quien tienta
en sus contentos.
Aquella, razón de males tamaños,
¡cesa ya en tu intento
de causar mayores daños!
No te dejes arrastrar,
ni sufras, corazón,
mas intenta demostrar
que todavía queda en ti razón.
Corazón traidor que voló
a favor
de lo que mi razón asoló.
¿Amor te haces llamar
tú que pones por precio mi alma,
que mi pecho logres quemar
y que en mí no quede ni respiro ni calma?
Márchate, que yo de ti rehúso,
que no me quiero más acordar
de todo aquello de lo que te acuso.
Que estar en mi cabal
es lo que yo más quiero
antes de mi funeral.
¿Qué cuál es mi destino
si mi alma no regresa?
Locura, enfermedad, desatino
si no para, se detiene, cesa,
esta alegoría de maldad
disfrazada de bondad
que es sin duda la razón
de esta sinrazón.
¡Condenado a amarte
con lo más profundo,
a desechar los halos de razón
sin poder odiarte,
a ver tu imagen perseguirme,
a recordarte!
¡Ay, amor! ¡Ay, mal arte!
Si por tan sólo un segundo pudiera
olvidarte…
Tags: Eduardo Oliver Rozalén