Una nube inunda de oscuridad los espacios entre las ramas de los árboles cuando noto en mi mejilla derecha el aliento de tu boca; un beso.
Hace frio. Mes de Enero. Llegas tarde, como siempre.
MI desesperación, creciente al ver correr los días en el calendario de la agenda, sin tenerte, se torna en nervios y paciencia para amarte después de tantos golpes de reloj vividos en la soledad de tu ausencia.
Desde que te siento, me inunda esta temblorosa tranquilidad para verte rodear el banco donde estoy sentado, arrastrando esa vieja maleta que tantas caricias nos ha robado, y quererte.
Me miras. Te miro.
Te abrazo. Me besas.
Te miro. Me abrazas.
Me miras. Te beso.
Y, entre tanto, sonríes.
Silencio.
Ni una palabra rompe la intimidad que nos acompaña a mi casa. Tan solo se oye el susurro que provocan nuestras manos, tanto tiempo alejadas, al retomar la conversación que abandonaron meses atrás.
Llegamos.
Saco las llaves de la chaqueta, que alegrándose de verte a mi lado, componen la banda sonora de las miradas que preceden a las caricias, y éstas, a los besos.
Subimos.
Antes de entrar por la puerta, dejamos olvidados los pronombres personales “tú” y “yo” en el ascensor, para convertirnos en un único sustantivo que nos defina a ti y a mí como Uno, amándonos.
Y me olvidé de tu ladrón equipaje y tú te vas olvidando de mi tímida camisa…
Te miro. Me miras.
Me hueles. Te siento.
Me miras. Te huelo.
Te miro. Me sientes.
Y, entre tanto, sonrío.
Silencio.
Tan solo se escucha el murmullo del viento fuera, recitando las poesías que le inspira nuestro tiempo:
Tu tiempo desnudándome hasta el alma. Mi tiempo dejándote hacerlo.
Luz de velas y de ti ilumina nuestras siluetas de sombra en el momento.
Tacto de pieles anhelantes de sudor ajeno.
Sabor a distancia, limón, sabor a reencuentro, canela, a miel, tu olor, tu pelo, hierbabuena.
En la mesilla se para el reloj.
La noche camina serena.